Desperté del otro lado de la cama de mi hermano. Él, aunque siempre lo niegue, estaba roncando, lo que me dio pauta para salir de la habitación sin molestarlo.
Salí del cuarto y me estiré, sólo había dormido unas cuantas horas, pero eran las suficientes para recuperar las fuerzas necesarias. O al menos para mi.
Regresé a mi habitación y me miré al espejo. ¡Dios mio! ¡Qué cabello me cargaba! Lo hice para atras para no verlo, lo mejor sería darme una ducha y continuar con los planes del día.
Apenas salí del baño y vi un mensaje perdido en el celular, era Michelle. Desde hace unos días nuestra comunicación había sido constante, ella estaba por llegar a Londres y yo me había ofrecido para recibirla en mi casa. No podía hacer menos por ella, era una de mis mejores amigas.
Le respondí tan rápido como se movieron mis dedos en un mensaje de texto. No podía ir a recibirla, o al menos no a tiempo. Tenía una cita programada desde hace mucho y no puedo moverla. Mi abuelo y mi hermano no me lo permitirían.
Apenas saludé a mi abuelo y le regresó el brillo a los ojos, parecía muy decaido.
- ¿Qué tienes?
- Nada pequeña, nada.
- No eres un buen mentiroso ¿sabes? - mi abuelo apenas arqueó los labios cuando me dio un beso en la frente.
- ¿Tu hermano ya se levantó? - preguntó omitiendo el tema anterior.
- No, creo que no. - abrí la puerta del refrigerador y saqué la botella del jugo de naranja - yo lo dejé dormido y roncando.
- Muy bien... - dijo sin darle importancia al tema - bueno, voy a salir y volveré temprano.
- Ni te preocupes - le interrumpí - voy de salida también, pero vuelvo tarde. Iré a recibir a una amiga al aeropuerto y luego llego aquí, no te preocupes. - me adelanté a decir.
- ¿Y a qué hora llegarás a la fiesta?
- A tiempo, como siempre.
- No te va a dar tiempo de arreglarte.
- No si me quedo platicando contigo - le sonreí, le di un beso en la frente - me voy, ya le dije a Sam que fuera por Michelle al aeropuerto y que después pase por mi con... Ted.
Mi abuelo me dio otro beso en la frente y salí de la habitación.
Ted. Ese era el nombre de mi... doctor. Me caía bien, he de admitir que es una buena persona, además me ha tratado desde que era pequeña y se ha ganado mi confianza, sin embargo jamás le he podido decir por su especialidad, así que sólo digo que es mi terapeuta. Es mejor que decir que es mi "Psiquiatra".
- Maya, ya puedes pasar.
Me levanté de la sala de espera y entré directo a su consultorio. Entré a la sala blanca con techo azul, era un lugar bastante reconfortante, todos los muebles tenían un estilo muy moderno, su escritorio, sus sillas, hasta su mesita de centro. Lo único diferente de ahí era su diván, era como de esos viejos sofás café, acojinado, y con esos botones tan setenteros. Alguna vez le pregunté a Ted porqué era lo único diferente de su consultorio y me dijo que era su diván de la suerte, y como todo supersticioso, no se quería deshacer de él.
- Maya - nos saludamos de beso. No podía evitarlo, Ted era muy guapo y tenía esa apariencia de adulto joven, seguro y varonil. Además, esos ojos azules le eran demasiado favorecedores.
- ¿Cómo estás Ted?
- Muy bien ¿Y tú?
- También. - me invitó a sentarme en el diván. Siempre sentada, jamás me ha gustado acostarme, desde pequeña me resistía. Cuando era más pequeña sentía que si me volvía a acostar después de tener tantas pesadillas las volvería a tener.
- Bueno Maya, dime... ¿qué me quieres contar?
Pregunta difícil. Cuando era más chica no le contaba nada, nos la pasabamos una hora sentados, mirándonos sin decir una palabra. No podía contar nada, no sabía qué decir. Para mi, contar mis sueños y mis temores era como revivirlos, pero poco a poco, con el pasar de los años le pude decir al fin qué soñaba, mis pesadillas.
Suspiré fuerte.
- ¿No has vuelto a soñar? - lo negué con la cabeza - ¿segura? - lo volví a negar. - ¿qué pasa Maya?
- No lo sé. No he vuelto a tener sueños como tal, pero...
- ¿Pero...?
- Es que ya no veo nada. Ahora sólo tengo como sensaciones. - Ted asintió y anotó en su libreta. - Es como todo lo que viví en mis sueños de antes, pero... sin ver nada.
- ¿Todo es negro o no recuerdas lo que soñaste?
- Todo es negro. Es como apagar la pantalla, pero seguir escuchando los gritos y al lobo.
- Ok. - volvió a anotar.
El lobo. Así le decía a la cosa que siempre atacaba mis sueños, era esa bestia gigante que llenaba todo lo que veía de sangre, muerte y desesperación. Ese ser era mi pesadilla.
- ¿Todo es igual?
- Casi...
- ¿Casi? ¿Por qué?
- Pues, por momentos escucho los mismos gritos, pero ahora reconozco voces.
- ¿De quienes?
- No lo sé. Son voces que gritan desesperados por proteger a los niños.
- ¿Qué más dicen?
- Son dos voces, la de un hombre y una mujer que ordenan correr a los niños, y esconderse. Están tan desesperados que no distingo bien todo. Sólo siento su terror y apremio por protegerse.
- ¿Del lobo?
- Supongo.
- Muy bien. - hizo otra anotación - Maya, necesito que me digas cuándo volvieron estas voces, todos estos sueños.
- Como hace un mes. Primero era todo negro con los gritos, y ahora sigue siendo negro pero con estas dos voces.
- ¿Y los niños dicen algo?
- No, sólo gritos.
Tuve que apretar el pecho. Recordar todo lo que sueño me pone mal y pálida, siento que me baja la presión y me tengo que morder los labios para no llorar. Ted sonríe, siempre sonríe y después me dice su discurso sobre los sueños y la relación que estos tiene con aquello que pudo haber pasado cuando murieron mis padres.
Claro que todo parecía como una mala película de terror, y al principio mi abuelo pensaba que ese había sido el problema, una mezcla entre sueños, películas y realidad. Que estaba confundiendo la muerte de mis padres con una película y los cuentos que me contaba Henry. Al principio lo creí. Era mi imaginación, pero con tantos años soñando lo mismo comenzaba a pensar que tal vez un lobo mató a mis padres, y no un hombre con pistola.
Me dio una receta con los antidepresivos de siempre. Era una forma de mantenerme controlada. Tomé la hoja y agendamos una nueva cita en dos semanas. Le di de nuevo un beso en la mejilla y salí de ahí. Miré mi celular y vi que Sam ya me esperaba en la puerta del edificio. Michelle ya debe estar con él.
Salí del consultorio y miré la receta. La doblé y guardé en mi bolsa. Iría directo a la caja donde guardo todas las recetas para jamás surtirlas. Estaba harta de las medicinas, de estar en mi estado zombie cuando las tomaba.
Soy una actriz y como tal debo tener todos los sentimientos del mundo para interpretar a mis personajes, ya no me importaba si sufría con mis propios sentimientos, haría todo lo necesario para seguir siendo yo y no sólo una victima de medicinas.
Además...
Soñar con el lobo era la única forma de recordar la voz de mis padres.


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